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Los Diez Mandamientos de Dio y El Padre Nuestro

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1

¡YO SOY EL SEÑOR, TU DIOS! ¡NO TENDRÁS OTROS DIOSES FUERA DE MÍ!

Quien pueda leer estas palabras correctamente, ya encontrará en ellas la sentencia para muchos que no observan este mandamiento, el más importante de todos.

“¡No tendrás otros Dioses fuera de mí!”

Es bien poco el alcance que algunos dan a estas palabras, tomándolas a la ligera y pensando que solamente son idólatras aquellos que se arrodillan ante imágenes de madera que representan cada una a un dios diferente, o piensan acaso también en adoradores del diablo u otros extraviados, a quienes en el mejor de los casos los compadecen, olvidando pensar, sin embargo, en sí mismos. (…)

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2

¡NO TOMARÁS EL NOMBRE DE DIOS EN VANO!

En el ser humano, el nombre evoca y concentra un concepto. Quien deshonra un nombre y se atreve a restarle valor, desvaloriza también el concepto. ¡No dejéis nunca de pensar en esto!

Este mandamiento tan claro del Señor es el que menos se observa y, por consiguiente, el que más se transgrede de los diez mandamientos. Hay mil maneras de no cumplirlo. Aunque el hombre crea que muchas transgresiones son totalmente inocentes, imaginándose que tan sólo son formas de hablar, expresiones “ligeras”. Sin embargo, son en verdad transgresiones de este severo mandamiento. (…)

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3

¡SANTIFICARÁS LAS FIESTAS!

¿Dónde está el hombre que se esfuerza por sentir en su alma los Mandamientos de Dios? Viendo a los niños, a los adultos, cuán frívolamente tratan los mandamientos de su Dios, todo hombre que reflexione con seriedad tendría que espantarse.

Los mandamientos se aprenden en la escuela y se comentan superficialmente. Los hombres se contentan con saber las palabras y poder comentarlas someramente, pero esto, sólo mientras se encuentren en peligro de poder ser preguntados. Una vez terminada la escuela y ya dentro de la vida profesional, se olvidan de las palabras y con ello también de su sentido. He aquí la mejor prueba de que el hombre no tiene ningún interés en lo que le exige su Señor y Dios.

Sin embargo, bien se puede decir que Dios no exige con ello nada, sino que da a todos los hombres, con su gran amor, todo cuanto necesitan apremiantemente. La Luz se percató de cuánto se habían extraviado los hombres. Por eso Dios, como educador, les enseñó el camino que conduce a la existencia eterna en el reino luminoso del espíritu, es decir, a la felicidad. Mientras que la desobediencia de los mandamientos conduce a los hombres a la miseria y a la destrucción. (…)

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4

¡HONRARÁS PADRE Y MADRE!

Este mandamiento, enviado por Dios a los hombres, fue causa de indecibles angustias, y muchos jóvenes y también adultos, tuvieron que luchar desesperadamente para no transgredir precisamente este mandamiento de la forma más grave.

¡Cómo puede un hijo honrar a su padre, si éste se ha degradado a sí mismo hasta emborracharse, o a una madre que por su mal humor, su mal carácter, su descontrol de sí misma y otros defectos, amarga la vida del padre y de los suyos y no les permite gozar de tranquilidad en el hogar! (…)

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5

¡NO MATARÁS!

Vosotros los hombres os golpeáis en el pecho y declaráis en voz alta que no sois asesinos. Como matar significa asesinar, vosotros tenéis la firme convicción de que nunca habéis transgredido este mandamiento del Señor y que podréis presentaros con orgullo ante Él y esperar sin miedo y sin temor que se abra esta página del libro de vuestra vida.

¿Pero habéis pensado alguna vez que vosotros podéis amortiguar, restar fuerza, y que esto también significa matar?

No hay diferencia; ésta se hace solamente en la forma de expresión, en el lenguaje. En efecto, el mandamiento no dice de manera unilateral: No matarás una vida física terrenal, sino que dice en pocas palabras significativas: No matarás. (…)

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6

¡NO COMETERÁS ADULTERIO!

El hecho de que exista un mandamiento que dice: “¡No desearás la mujer de tu prójimo!” indica, claramente, que este sexto mandamiento no está de acuerdo con la interpretación comúnmente aplicada por las leyes terrenales.

“¡No cometerás adulterio!” puede también significar: “¡No violarás la paz conyugal!”. En lugar de paz, se puede decir también: armonía. Estas son las condiciones para la felicidad en un matrimonio. Cuando no haya nada que se pueda destruir o violar, el mandamiento no tendrá vigor, ya que se atiene a la Voluntad de Dios y no a las concepciones y preceptos humanos. (…)

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7

¡NO HURTARÁS!

El ladrón es considerado como uno de los seres humanos más despreciables. Un ladrón es todo aquel que toma algo de la propiedad de otro, sin permiso de éste.

La explicación es muy sencilla. Para cumplir con este mandamiento no hay más que distinguir claramente qué pertenece a otra persona. No es muy difícil, dirán todos, sin querer hablar más sobre el particular.

Desde luego, no es difícil, como tampoco es difícil cumplir los Diez Mandamientos, si en verdad se quiere. Condición previa es, sin embargo, que el hombre los conozca, y aquí es donde falla precisamente, en la mayoría de los casos. (…)

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8

¡NO LEVANTARÁS FALSO TESTIMONIO CONTRA TU PRÓJIMO!

Cuando atacas a tu prójimo, le golpeas hasta herirlo y quizá aún le robas, sabes que le has causado daño y que serás castigado según las leyes terrenales.

No piensas en tales momentos que, al mismo tiempo te estás enmarañando en los hilos de un efecto recíproco que no está sometido a ningún proceso arbitrario, sino que, con toda justicia, influye hasta en los movimientos más secretos de tu alma, de los cuales no te preocupas y tu intuición ni siquiera conoce.

Y este efecto recíproco no tiene ninguna relación con el castigo terrenal, sino que trabaja por sí mismo, independientemente, pero de forma tan inevitable para el espíritu humano, que éste ya no encontrará ningún lugar en todo el universo en el que se pueda proteger y esconder. (…)

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9

¡NO DESEARÁS LA MUJER DE TU PRÓJIMO!

Este mandamiento se dirige clara y directamente contra los instintos corporales y animales, a los cuales … desgraciadamente … el hombre da muchas veces rienda suelta, tan pronto se le presenta la oportunidad.

He aquí a la par el punto decisivo, la trampa más grande para los seres humanos, en la cual caen casi siempre, tan pronto como entran en contacto con ella: la oportunidad.

El instinto es despertado y dirigido únicamente por los pensamientos. El hombre puede observarlo muy bien en sí mismo: el instinto no se despierta, no puede despertar, si no hay pensamientos. Depende completamente de ellos. Sin ninguna excepción. (…)

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10

¡NO CODICIARÁS LA MORADA DE TU PRÓJIMO, NI SU PROPIEDAD, NI SU GANADO, NI NADA DE CUANTO SEA DE ÉL!

El hombre que trata de buscar la ganancia con un trabajo honrado o con negocios honrados no tendrá que temer este mandamiento cuando venga el día del gran ajuste de cuentas, pues pasará de largo sin hacerle mella. En verdad, es tan fácil cumplir con todos los mandamientos. Sin embargo, … si miráis atentamente a los hombres, tendréis que reconocer que, a pesar de ser tan sencillo, tampoco han cumplido con este mandamiento, y si acaso, raras veces, pero entonces no con alegría, sino con gran dificultad.

No importa la raza a la que pertenecen los hombres — blanca, amarilla, cobriza, negra o roja — todos tienen la tendencia insaciable de envidiar al prójimo todo lo que no poseen ellos mismos. Mejor dicho, les causa envidia todo lo ajeno. En esta envidia ya está incluido el deseo de lo prohibido. Tan sólo con él ya tiene lugar la no observación del mandamiento, constituyéndose en la raíz de muchos males que precipitan al hombre a la caída, de la cual muchas veces no se levanta jamás. (…)

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El Padre Nuestro

Son muy pocas las personas que tratan de darse cuenta de aquello que realmente desean obtener al pronunciar la oración del “Padrenuestro”. Menos aún son, sin embargo, aquellas que conocen el verdadero sentido de las frases que recitan. “Recitar” es probablemente la única denominación correcta de lo que el hombre llama en este caso “orar”.

Quien se examine a fondo tendrá que admitirlo, de lo contrario demuestra que pasa toda la vida del mismo modo … superficialmente, incapaz de profundizar sus pensamientos ni ahora ni antes. Hay muchos en esta Tierra que se toman en serio a sí mismos, pero que nunca, ni con la mejor voluntad, pueden ser tomados en serio por los demás. (…)

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